9 de julio de 2011

De noviembre a noviembre


Hay varios motivos por los que zarpar hacia la incertidumbre de lo desconocido, de lo nuevo, de lo diferente. Cada uno lleva sus propios motivos que le impulsan a cambiar por dentro y por fuera, cambiar el contexto y a las gentes que habitan en él.

Los nuevos caminos siempre dan miedo. Hace tiempo que la mayoría de humanos dejaron de ser nómadas para buscar su sitio en el espacio y en las gentes, pero el impulso a la búsqueda de algo, a encontrar un nuevo sitio donde descubrirse y encontrarse lleva a algunos a cambiar su rumbo, a mover sus vidas en pro de lo que creen. Acaso no son los sueños y la búsqueda de sí mismo lo que hace caminar a los pies y pensar a la cabeza.

Suele decirse que el camino es más importante que la meta, sin el camino nunca habría meta, nunca habría progreso, incluso sin llegar a la meta esperada el recorrido es más enriquecedor que cualquier objetivo cumplido. No sé cómo será mi camino, si será largo o corto, si será sencillo o tendrá obstáculos, quiero pensar que es mi camino y con eso me basta para seguir adelante con la certeza de que ocurra lo que ocurra este es el sendero que debo caminar.

El impulso, la pulsión, la certidumbre, la llamada a seguir un sueño. Cuánto tiempo se pueden evitar los vientos que gritan una dirección. El miedo ata con amarras fuertes para no zarpar, pero el viento sopla aún más fuerte, allá arrastra con pasos de gigante hacia donde todo es posible.

¿Puede ser más loco el que hace locuras por lo que cree o el que se vuelve loco desoyendo toda una vida las voces de su corazón? Prefiero responder únicamente a la primera parte de la pregunta, prefiero oír mi corazón.

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